Capítulo 4: El Gran Engaño de Don Eulalio
Después del fiasco con Candy la Regia, supe que tenía que cambiar mi enfoque por completo.
No podía seguir siendo solo un observador curioso, necesitaba involucrarme de lleno. Así que, decidido a ganarme la confianza de los regios, adopté la apariencia de Don Eulalio González, un ganadero regio multimillonario con sombrero imponente, botas de piel y una actitud que irradiaba poder y tradición.
Mi nave, hasta ese momento una discreta residencia californiana de “apenas” 2000 metros cuadrados, sufrió una transformación dramática. En cuestión de horas, se convirtió en un lujoso rancho texano-mexicano. Establos perfectamente alineados, corrales amplios para un ganado que no existía, y una parrilla de acero inoxidable traída especialmente desde Argentina.
¿Por qué? Porque si iba a hacer una carne asada en Monterrey, debía ser una carne asada de proporciones épicas.
Lo siguiente en mi lista era el abastecimiento. Sabía que los regios no se impresionan fácilmente, así que decidí ir a lo grande, a lo exagerado. La cantidad de comida que compré era absurda, pero para mi misión, parecía lo correcto:
- 200 kilos de carne de todo tipo: arrachera, ribeye, T-bone, lo mejor de lo mejor,
- 100 kilos de queso asadero, para asegurarnos de que el fundido nunca se detuviera,
- 50 kilos de chorizo, porque ninguna carne asada está completa sin él,
- 1000 tortillas de harina, frescas y hechas a mano,
- 500 kilos de carbón, suficiente para mantener las brasas encendidas durante días,
- 4000 cervezas light, el néctar de los regios,
- 1000 litros de Coca-Cola light, la eterna contradicción,
- Y, por supuesto, 100 botellas de tequila, para redondear la experiencia.
El exceso era la clave del éxito. Mandé invitaciones a todos los vecinos, repartidas en Suburbans blindadas. No podían ignorar lo que estaba a punto de suceder, ni querían perderse una carne asada de estas dimensiones.
La fiesta comenzó y, cuando llegaron los primeros invitados, todo estaba listo. Me mezclé entre ellos con una cerveza light en la mano, y la integración fue inmediata. Mientras la carne chisporroteaba en la parrilla y el queso se derretía sobre el fuego, la gente comía con entusiasmo.
No podía dejar de notar cómo los regios devoraban enormes cantidades de carne, queso y tortillas de harina, solo para luego acompañar todo con Coca-Cola light. Esa contradicción me seguía desconcertando, pero decidí no darle demasiada importancia. Después de todo, era parte de mi proceso de adaptación.
El verdadero reto vino con la cerveza. Mientras los locales bebían con moderación, yo decidí sumergirme en el papel. A medida que avanzaba la fiesta, mi capacidad para consumir cerveza light sin efectos comenzaba a impresionar a los asistentes. Para ellos, parecía una hazaña sobrehumana, cuando en realidad mi fisiología alienígena simplemente procesaba el líquido sin sentir nada. Aunque para ese punto, ya había consumido más de 3000 cervezas, y algo comenzó a fallar en mis sistemas.
En medio de todo, decidí que era el momento de investigar sobre Chuy, el verdadero motivo de mi presencia en Monterrey. Sin embargo, preguntar sobre él resultó más complicado de lo que imaginaba. Nadie conocía a un “Chuy” en específico, pero todos parecían tener un primo, compadre o cuñado con ese nombre. El misterio se hacía cada vez más denso, y la búsqueda más confusa.
Y entonces, sucedió. En un intento por obtener una mejor vista, decidí subir al techo del rancho. Fue un grave error. Un mal paso y terminé cayendo directamente sobre la parrilla encendida.
Afortunadamente, mi estructura alienígena me protegió del calor, pero lo que para mí fue un accidente, para los invitados fue la mejor parte del espectáculo. Aplaudieron con entusiasmo, creyendo que todo había sido planeado. Decidí seguir el juego y grité con fuerza: “¡Viva México Cabrones !”, a lo que todos respondieron con euforia.
Al final de la noche, los invitados se marcharon alabando mi resistencia a la cerveza y lo que ya llamaban “la mejor carne asada regia”. Para mí, había sido un éxito moderado. Había aprendido mucho sobre la cultura local, aunque la búsqueda de Chuy seguía sin respuestas concretas.
Reflexionando, me di cuenta de que los regios son un pueblo lleno de contradicciones fascinantes: consumen cantidades imposibles de comida, pero siempre con Coca-Cola light. Y aunque la cerveza no me afecta como a ellos, descubrí que 3000 latas son suficientes para sobrecargar incluso mis sistemas avanzados.
La misión continuaba. Sabía que la próxima parada debía ser el legendario Barrio Antiguo, donde tal vez encontraría las respuestas que tanto buscaba. Pero, por ahora, necesitaba descansar y preparar mis sistemas para la siguiente fase. La aventura apenas comenzaba.