Capítulo 2: Una noche en el antro
La búsqueda de Chuy no había dado frutos, así que decidí cambiar de estrategia. Los nativos hablaban mucho de unos lugares llamados “antros”, y pensé que sería un buen sitio para continuar mi investigación.
Antes de aventurarme en esta nueva misión, decidí probar algo de la gastronomía local. Me senté en un establecimiento y pedí algo llamado “machacado con huevo”.
Lo acompañé con una bebida efervescente de color oscuro que el camarero llamó “coca-cola”. El sabor era extraño, pero no desagradable.
Para pasar desapercibido, adopté la apariencia de un tal Eugenio Garza Lagüera. Aparentemente, era alguien importante en la zona.
Con mi nuevo aspecto, me dirigí al centro de San Pedro Garza García. Encontré un lugar llamado “El Pirata”.
Parecía prometedor, pero cuando entré, estaba completamente vacío. Un empleado me miró como si fuera yo un ser de otro planeta (lo cual, técnicamente, era cierto) y me informó que no abrían hasta las 22:00.
Decidí esperar. Después de todo, el tiempo es un concepto relativo para alguien como yo.
Cuando por fin abrieron, el lugar se llenó rápidamente de lo que solo puedo describir como fauna autóctona.
Era fascinante. Las hembras se movían de una manera hipnótica al ritmo de una música que hacía vibrar mis sensores auditivos. Los machos, por su parte, las rodeaban con movimientos que parecían carecer de toda coordinación. ¿Sería este algún tipo de ritual de apareamiento?
De repente, una criatura se acercó a mí. Su apariencia era sorprendente: tenía el cabello de un color amarillo tan brillante que casi lastimaba mis receptores visuales. Su piel parecía haber sido expuesta a radiación solar por un tiempo prolongado, y sus labios… bueno, parecían haber sufrido algún tipo de reacción alérgica que los había hinchado considerablemente. La prenda que llevaba apenas cubría su cuerpo. Me pregunté si estaría pasando frío.
“¿Qué onda, bombón? ¿Por qué tan solito?”, me preguntó.
Analicé rápidamente la situación. Esta debía ser la famosa “Candy la Regia” de la que tanto había oído hablar en mis investigaciones previas. Era mi oportunidad de obtener información.
“Buenas noches, espécimen femenino”, respondí cortésmente. “Estoy en busca de un ser denominado Chuy. ¿Lo has visto?”
Candy soltó una risa que me recordó al canto de una ave de mi planeta natal. “Ay, papito, qué chistoso eres. ¿Quieres que te invite una cubita o qué?”
No estaba seguro de qué era una “cubita”, pero acepté, pensando que podría ser una oportunidad para interrogarla sobre las costumbres locales y el paradero de Chuy.
Varias “cubitas” después, Cindy me estaba explicando detalladamente algo llamado “peda”. Aparentemente, era un ritual de intoxicación voluntaria muy popular entre los jóvenes de la zona. Fascinante.
Luego insistió en llevarme a algo llamado “afterparty”. Acepté, considerando que podría ser una oportunidad para continuar mi investigación.
El “afterparty” resultó ser en una residencia en Valle Oriente. La música era tan fuerte que temí por la integridad estructural del edificio. Los nativos parecían haber perdido el control de sus funciones motoras.
Candy me presentó a sus amigas: Bárbara, Mariana y Daniela. Todas parecían ser variaciones del mismo prototipo, y, francamente, me encontraba en una situación compleja: no estaba seguro de si me encontraba frente a humanos reales o alguna especie de organismo sintético avanzado. La cantidad de silicón presente en sus anatomías desafiaba cualquier lógica biológica, y mis sensores no podían determinar con exactitud cuánta parte de ellas era de origen natural.
Cuando Candy sugirió que nos alejáramos del grupo para “platicar más a gusto”, accedí, pensando que por fin podría interrogarla sobre Chuy. Pero me equivoqué. Candy no parecía interesada en hablar de Chuy. En su lugar, comenzó a acercarse a mí de una manera que sugería que estaba a punto de iniciar algún tipo de ritual de apareamiento. Decidí que era momento de abandonar la investigación por hoy.
Logré escapar del “afterparty” fingiendo una llamada urgente de “la oficina” (sea lo que sea eso). Candy me dio su número de algo llamado “WhatsApp” y me pidió que le mandara mensaje “para pistear otro día”.
Regresé a mi nave, confundido y sintiendo una extraña sensación de mareo que atribuí a las “cubitas”.
Mi conclusión del día: los habitantes de San Pedro Garza García tienen rituales sociales complejos y potencialmente peligrosos. La búsqueda de Chuy continuaba sin éxito. Mañana intentaría una nueva estrategia.
Quizás debería investigar eso de las “carnitas asadas” de las que tanto hablaban…